Europa ha decidido acelerar. La transición energética ya no es solo una prioridad climática: es una cuestión de seguridad. La guerra en Ucrania, la creciente inestabilidad en Oriente Medio y la tensión sobre rutas críticas como el estrecho de Ormuz han puesto sobre la mesa una realidad incómoda: la dependencia energética es también una vulnerabilidad geopolítica.
Y en ese contexto, Bruselas ha reforzado su discurso. Pero también han empezado a aparecer las contradicciones.
Cuando la eficiencia energética deja de ser discurso y pasa a ser urgencia
La reciente carta dirigida a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en la que la industria europea reclama situar la eficiencia energética como eje central de la seguridad energética, no es una declaración más. Es un aviso.
Europa importa cerca del 57% de su energía. Y ya sin dudas podemos aseverar que sin las mejoras logradas en eficiencia en las últimas décadas, esa cifra sería significativamente mayor. Y con los precios energéticos tensionados por los conflictos internacionales, cada punto de dependencia tiene un coste económico y estratégico.
La conclusión es evidente: la energía más segura es la que no se consume. Pero también lo es otra menos cómoda: Europa no puede permitirse fallar en la ejecución.
Electrificación: el gran desfase entre ambición y realidad
Mientras el discurso político avanza, la electrificación sigue estancada en torno al 22-23%. El dato es especialmente preocupante en el ámbito de la edificación, donde la dependencia de combustibles fósiles sigue siendo estructural.
Aquí es donde sectores como la iluminación tienen una oportunidad estratégica que va mucho más allá de la eficiencia. Porque la iluminación, cuando se combina con control, sensorización y gestión, no solo consume menos, si no que efectivamente, permite gestionar mejor la energía.
Y en un sistema tensionado, gestionar es tan importante como producir.
El mercado ya está avisando (y no es teoría)
Aquí conviene parar y mirar los datos. Esta misma semana, en smartlighting analizábamos el último informe de LightingEurope sobre “mystery shopping”, que evidencia un elevado nivel de incumplimiento en el mercado europeo de iluminación.
No es un detalle técnico. Es una señal estructural. Porque cuando el mercado no cumple, la regulación pierde eficacia. Y cuando la regulación pierde eficacia, los que sí cumplen compiten en desventaja.
Esto conecta directamente con el debate actual en Bruselas.
Regular más no siempre es regular mejor
El “Environmental Omnibus” nace con una intención clara: simplificar. Pero en ese proceso aparece una propuesta que ha encendido todas las alarmas: la posible suspensión de la obligación de contar con Representantes Autorizados en el marco de la Responsabilidad Ampliada del Productor (RAP).
La reacción de la industria ha sido inmediata. Eliminar esta figura no simplifica el sistema. Lo debilita. Debilita el control del mercado, facilita la entrada de producto no conforme y agrava un problema que ya existe, como demuestra el propio análisis de LightingEurope.
Y aquí está el riesgo real: tomar malas decisiones de simplificación en un contexto donde el incumplimiento ya es elevado.
El verdadero dilema europeo
La intervención de Robert Nuij en el evento organizado por LightingEurope bajo el marco de Light + Building dejó claro el marco: asequibilidad, seguridad, competitividad y descarbonización.
Pero la realidad es que estos cuatro pilares no siempre avanzan en paralelo. Porque Europa compite en un mercado global donde, otros producen más barato, otros regulan menos, y desde luego que otros controlan menos. Y aun así, Europa quiere liderar. La pregunta es ¿cómo?
La iluminación como termómetro
El sector de la iluminación es un reflejo perfecto de esta tensión, porque precisamente es clave para la eficiencia energética y es esencial en los edificios y ciudades inteligentes. Eso sí, esta sometida a una fuerte presión de costes y conviviendo con altos niveles de incumplimiento en el mercado.
Por eso, lo que ocurra aquí no es anecdótico, es representativo. Si Europa no consigue ordenar este mercado, difícilmente podrá liderar el modelo.
Europa quiere liderar la transición energética, y probablemente lo conseguirá. Pero hay una condición: no puede hacerlo a costa de debilitar su propia industria, porque entonces el resultado será paradójico, con un marco regulatorio excelente, un discurso impecable, pero también un mercado cada vez más descontrolado.
Lo que está en juego
La carta de la industria europea a la Comisión, el debate sobre el Environmental Omnibus y los datos del mercado apuntan en la misma dirección. No es solo una cuestión energética. Es una cuestión de control, de industria fuerte y del modelo que nos queremos dar.
Y en ese equilibrio se juega algo más que la transición. Se juega la credibilidad de Europa y la supervivencia de su industria.
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