En las unidades de cuidados intensivos, cada decisión clínica exige precisión, rapidez y un elevado nivel de atención sostenida. Sin embargo, la capacidad del personal sanitario para mantener ese rendimiento depende no solo de su formación o de los recursos médicos disponibles, sino también del entorno físico que les rodea. Un estudio reciente del Institute of Science Tokyo vuelve a poner este aspecto sobre la mesa. Tras tres meses de mediciones continuas y encuestas al personal de una UCI universitaria, los investigadores han constatado que la falta de luz natural, el ruido excesivo y temperaturas por debajo de lo recomendado comprometen la satisfacción y concentración de los profesionales que trabajan allí cada día.
La investigación, que se publicará en Intensive and Critical Care Nursing en febrero de 2026, analiza de forma integrada cuatro dimensiones ambientales: luz, ruido, temperatura y calidad del aire. Aunque muchas de estas variables están reguladas por guías nacionales y recomendaciones científicas, los resultados confirman que, en la práctica, las UCI contemporáneas siguen teniendo déficits relevantes que afectan directamente al bienestar de sus trabajadores.

Un entorno ambientalmente hostil
Las unidades de cuidados intensivos son espacios altamente tecnificados en los que conviven monitores, respiradores, bombas de infusión, sistemas de alarma y múltiples flujos de trabajo simultáneos. Esta complejidad funcional condiciona de manera profunda las condiciones ambientales. El ruido constante del equipamiento y las alarmas, la falta de ventanas en determinadas áreas y las situaciones clínicas que requieren mantener temperaturas específicas suelen imponerse sobre consideraciones de confort.
El estudio del Institute of Science Tokyo expone con claridad esta tensión entre necesidades asistenciales y calidad ambiental. Aunque la ventilación y la filtración de aire se encuentran dentro de los estándares recomendados —incluyendo los niveles máximos de CO₂ y partículas finas PM2.5—, el resto de parámetros revela un panorama más problemático. La temperatura en las habitaciones individuales se situó de manera consistente tres grados por debajo del rango aconsejado por la Japanese Society of Intensive Care Medicine (JSICM), generando una sensación térmica adversa durante jornadas prolongadas.
La iluminación presenta un contraste llamativo. Mientras los niveles de iluminancia artificial superan los mínimos exigidos, la distribución espacial es muy desigual. Las zonas con acceso directo a luz natural proporcionan un entorno más equilibrado y visualmente cómodo, mientras que los puestos interiores dependen casi por completo de iluminación artificial uniforme y estática. Para un personal que trabaja en turnos diurnos y nocturnos, este desequilibrio implica una exposición lumínica insuficiente desde una perspectiva circadiana, lo que impacta en el estado de alerta, la regulación hormonal y la percepción subjetiva de cansancio.

Pero ningún parámetro genera tanta preocupación como el ruido. Las mediciones muestran que los niveles sonoros están de forma sistemática fuera de la franja recomendada por las guías de la JSICM. En un espacio donde las alarmas clínicas funcionan como indicadores vitales en tiempo real, reducir la carga acústica es extremadamente difícil. Lo que esta investigación demuestra es que esa dificultad tiene un coste directo para quienes trabajan en el entorno: el estrés auditivo continuado reduce la concentración, incrementa la fatiga cognitiva y contribuye a la sensación generalizada de insatisfacción que reporta el personal de la UCI.

La percepción del personal confirma lo que revelan las mediciones
Si los datos instrumentales muestran un entorno desequilibrado, los resultados de las encuestas al personal lo corroboran con contundencia. Más del 60% de los profesionales participantes en el estudio manifestó algún grado de insatisfacción con la calidad ambiental global de la UCI. Esa percepción se concentra especialmente en los dominios térmico, lumínico y acústico, pero es el ruido el que genera el rechazo más rotundo: cerca del 75% de los encuestados se declara insatisfecho, y ninguno ofrece una valoración positiva.
El estudio combina datos objetivos y subjetivos, una metodología que aporta una lectura más completa del problema. La insatisfacción con la iluminación se explica, en gran parte, por la escasa presencia de luz natural y por la excesiva uniformidad de la iluminación artificial. Este déficit se debía en parte a la presencia de columnas estructurales que bloqueaban la entrada de luz diurna en la UCI, reduciendo su alcance en las áreas de trabajo.
La exposición mejorada a la luz del día puede apoyar la regulación del ritmo circadiano y mejorar el rendimiento laboral, particularmente para tareas visualmente exigentes como el examen y los procedimientos del paciente. Esto es consistente con la reciente guía de diseño de la UCI que recomienda ventanas que proporcionan luz natural en todas las habitaciones de pacientes de la UCI y salas de descanso dedicadas al personal. Además, un estudio reciente ha informado de la eficacia de los sistemas de iluminación locales. Por lo tanto, incorporar la luz natural como una estrategia de diseño pasivo, mientras la complementa con sistemas de iluminación locales como un enfoque de diseño activo, puede ser una forma efectiva de mejorar el entorno de iluminación.

Desde el punto de vista acústico, la situación es aún más crítica. “No hubo respuestas positivas” en el apartado de satisfacción sonora, señala el estudio con claridad. El ruido derivado del equipamiento médico, especialmente las alarmas y los ventiladores mecánicos, crea un paisaje sonoro continuo que impide cualquier sensación de pausa o recuperación sensorial. La literatura científica coincide en que este tipo de exposición prolongada a niveles acústicos elevados deteriora la memoria de trabajo, ralentiza el procesamiento cognitivo y aumenta la probabilidad de errores, tres factores especialmente relevantes en un entorno donde las decisiones rápidas son cruciales.
Incluso en áreas donde las mediciones cumplen las recomendaciones —como la calidad del aire— los profesionales no perciben un impacto positivo suficiente como para compensar las carencias en iluminación, temperatura y ruido. Esta divergencia entre cumplimiento normativo y percepción real refuerza la idea de que los estándares ambientales actuales se han construido históricamente desde la perspectiva del paciente, dejando en un segundo plano las necesidades del personal sanitario.
Hacia un nuevo modelo de UCI
Los autores del estudio son explícitos: mejorar la calidad ambiental interior de las UCI no es un asunto accesorio, sino una vía directa para mejorar la satisfacción laboral, la productividad y, en última instancia, la seguridad clínica.
La luz natural emerge como el primer elemento a priorizar, seguida de una estrategia integral de mitigación acústica. La integración de ambas medidas requiere que arquitectos, ingenieros hospitalarios y especialistas en cuidados intensivos trabajen de forma coordinada desde el inicio del proyecto.
En el campo de la iluminación, el estudio refuerza una tendencia creciente hacia soluciones centradas en el ritmo circadiano. No basta con alcanzar niveles mínimos de iluminancia; es necesario incorporar dinámicas de espectro y temporización que simulen el ciclo día-noche y ayuden a mantener la estabilidad fisiológica del personal. Las luminarias tunables, los sistemas de control automatizados y la planificación lumínica que priorice las zonas de trabajo prolongado son herramientas cada vez más relevantes en entornos de alta demanda cognitiva.
La mitigación acústica, tradicionalmente relegada en las UCI, requiere estrategias más ambiciosas. El rediseño de las alarmas para reducir las señales audibles no críticas, la introducción de elementos arquitectónicos absorbentes y la zonificación del espacio para separar actividades ruidosas son medidas que ya se están experimentando en algunos hospitales. Esta investigación japonesa añade argumentos empíricos para acelerar su adopción.
En cuanto al confort térmico, el desafío pasa por diseñar sistemas HVAC que ofrezcan mayor flexibilidad y permitan ajustes finos por áreas, teniendo en cuenta que el personal permanece en movimiento constante y su percepción térmica difiere de la del paciente inmovilizado.
Lo más relevante del estudio es su invitación a replantear el enfoque habitual: dejar de considerar la calidad ambiental como un parámetro secundario para convertirla en un pilar central del diseño de UCI. En un contexto global, donde la carga asistencial y la demanda de atención intensiva siguen creciendo, la ingeniería ambiental hospitalaria empieza a ser tan importante como la arquitectura o la infraestructura médica.

Puede acceder al paper completo de la investigación a través del siguiente enlace:
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0964339725003192?via%3Dihub
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Fuente de imágenes: Freepik*. *Imágenes procedentes de bancos de recursos gráficos que no pertenecen a la investigación. |

