La luz que reciben los adolescentes durante el día cambia de forma significativa entre los días lectivos y los fines de semana. Así lo muestra un estudio realizado por investigadores de la Universidade do Estado de Minas Gerais, en Brasil, que monitorizó durante siete días a 18 jóvenes de entre 15 y 17 años mediante actígrafos de muñeca con sensores de actividad, sueño, temperatura y luz ambiental.
El trabajo analiza cómo se organiza la exposición a la luz a lo largo de las 24 horas y qué diferencias aparecen entre la rutina escolar y los días libres. Los resultados indican que los adolescentes reciben más luz durante los fines de semana, especialmente por la mañana y a primeras horas de la tarde, mientras que entre semana la permanencia prolongada en interiores reduce la exposición efectiva a luz diurna.
Aunque estas diferencias modifican el perfil diario de exposición luminosa, el estudio no detectó una alteración clara de la estabilidad circadiana. La principal aportación de la investigación es, por tanto, mostrar cómo los horarios escolares y el diseño de los espacios educativos condicionan la luz que reciben los adolescentes en una etapa especialmente sensible para la regulación del sueño, el estado de alerta y los ritmos biológicos.

El problema: poca luz natural en una etapa sensible
La adolescencia es una etapa especialmente vulnerable desde el punto de vista circadiano. El organismo tiende de forma natural a retrasar los horarios de sueño, mientras que las rutinas escolares imponen horarios tempranos, muchas horas en interiores y una fuerte presión social y académica.
La luz actúa como uno de los principales sincronizadores del reloj biológico. Su influencia no se limita a la visión, sino que participa en la regulación del sueño, la secreción de melatonina y el estado de alerta. En este proceso tienen un papel relevante las células ganglionares retinianas intrínsecamente fotosensibles, conocidas como ipRGCs, que expresan melanopsina y responden especialmente a longitudes de onda cortas, en torno a 460-490 nm.
El problema aparece cuando el patrón natural de luz y oscuridad se rompe. El sistema circadiano necesita una señal luminosa intensa durante el día, especialmente por la mañana, y niveles bajos de luz por la noche. Sin embargo, muchos adolescentes pasan gran parte de la jornada en aulas, reciben poca luz natural en las horas de mayor eficacia biológica y siguen expuestos a luz artificial o pantallas durante la tarde y la noche.
El estudio aborda precisamente esa brecha. Hasta ahora, muchas investigaciones habían analizado la luz mediante valores globales o ventanas horarias concretas. Este trabajo, en cambio, observa cómo se organiza la exposición luminosa a lo largo de las 24 horas y cómo cambia entre días lectivos y fines de semana.
En el caso analizado, el entorno escolar aparece como un factor clave: los adolescentes pasaban buena parte del día en interiores, con una exposición a luz natural limitada a recreos y desplazamientos, e incluso en aulas sin ventanas y con iluminación artificial continua. Esta situación plantea un reto para el diseño de espacios educativos, ya que un aula puede estar correctamente iluminada para las tareas visuales y, aun así, ofrecer una señal luminosa insuficiente para el sistema circadiano.

Cómo se realizó la investigación
El estudio se desarrolló en Divinópolis, Minas Gerais, en un instituto público de jornada completa. Participaron 18 adolescentes de entre 15 y 17 años, todos con una rutina escolar similar y clases aproximadamente entre las 8:00 y las 17:30.
La recogida de datos se llevó a cabo entre mayo y julio de 2025, durante el otoño-invierno austral. Este contexto es importante, porque el fotoperiodo era reducido y pudo influir en la disponibilidad de luz natural, especialmente a primera hora de la mañana y al final de la tarde.
Cada participante llevó durante siete días consecutivos un actígrafo en la muñeca no dominante. El dispositivo registró actividad, descanso, temperatura y exposición a la luz ambiental en condiciones reales, sin modificar las rutinas habituales de los adolescentes.
A partir de esos datos se calcularon parámetros de sueño, como tiempo total de sueño, latencia, despertares tras el inicio del sueño y eficiencia. También se analizaron índices de organización del ritmo actividad-descanso, como estabilidad interdía, variabilidad intradía, las cinco horas menos activas y las diez horas más activas.
En cuanto a la luz, los sensores midieron exposición ambiental total y bandas espectrales azul, verde y roja. Estas bandas se situaban aproximadamente en 460-480 nm, 520-540 nm y 620-660 nm. La luz total se utilizó como indicador general de intensidad, mientras que las bandas espectrales permitieron analizar cómo cambiaba la composición de la exposición luminosa durante el día.
El trabajo tiene una limitación técnica importante: no midió un espectro continuo ni permitió calcular métricas α-ópicas estandarizadas, como la iluminancia diurna equivalente melanópica definida por la CIE S 026:2018. Por tanto, los resultados deben leerse como indicadores relativos de exposición espectral, no como una medición directa de la dosis melanópica efectiva.

Resultados obtenidos
El principal resultado es que la exposición a la luz fue mayor durante los fines de semana, sobre todo entre las 8:00 y las 14:00. En esa franja, los adolescentes recibieron más luz en las bandas azul, verde y roja. La explicación más probable está en la propia organización de la semana: los días lectivos concentran la actividad en espacios interiores, mientras que los días libres ofrecen más oportunidades de exposición al exterior.
Este resultado no implica necesariamente que las aulas estén mal iluminadas desde el punto de vista visual. Lo que sugiere es que la exposición biológicamente relevante puede ser insuficiente o poco dinámica durante la jornada escolar. En términos prácticos, no bastaría con iluminar el plano de trabajo; también importa la luz que llega al ojo, su dirección, su espectro y el momento del día en que se recibe.
Pese a las diferencias de luz, los índices de ritmo actividad-descanso se mantuvieron relativamente estables. Los autores interpretan que las variaciones observadas modificaron el ambiente luminoso diario, pero no fueron suficientes para generar una desorganización circadiana detectable en esta muestra.
También se observó que el tiempo total de sueño y el tiempo en cama fueron mayores entre semana que durante el fin de semana, mientras que la latencia de sueño y los despertares tras el inicio del sueño no mostraron diferencias significativas. Este resultado apunta a que la rutina escolar pudo actuar como un fuerte sincronizador social, ordenando los horarios de sueño durante los días lectivos.
La tarde y la noche también tienen importancia. Aunque las mayores diferencias se produjeron durante el día, la franja entre las 18:00 y las 22:00 es especialmente sensible desde el punto de vista circadiano. La exposición a luz en ese periodo puede favorecer retrasos de fase, sobre todo si es prolongada o contiene suficiente componente de onda corta.
Sin embargo, el estudio no demuestra que se produjeran retrasos circadianos acumulativos. Los datos son más compatibles con una regulación social y conductual del sueño que con una desalineación causada directamente por la luz.
Otro aspecto relevante es que los perfiles de luz azul, verde y roja evolucionaron de forma parecida. Esto recuerda que, en entornos reales, la exposición luminosa suele ser de banda ancha. Por eso, las estrategias centradas solo en reducir la “luz azul” pueden quedarse cortas si no se consideran también la intensidad, la duración y el horario de exposición.

Conclusiones para el diseño de espacios educativos
El estudio concluye que, en adolescentes escolarizados a jornada completa, la luz diaria se sitúa en la frontera entre el tiempo biológico y el tiempo social. Las diferencias entre semana y fin de semana afectan sobre todo a la forma y amplitud de los perfiles de exposición luminosa, más que a cambios globales del ritmo sueño-vigilia.
La lectura para el sector de la iluminación parece clara: los centros educativos no solo deben garantizar visibilidad y eficiencia energética. También deberían considerar cómo la luz contribuye a la organización temporal del alumnado. La disponibilidad de luz natural, la iluminancia vertical, la composición espectral, la variación horaria y el control de la exposición en las últimas horas del día son variables cada vez más relevantes.
El trabajo también tiene limitaciones. La muestra fue pequeña, con solo 18 adolescentes, procedentes de un único contexto educativo y geográfico. Además, el estudio se realizó en otoño-invierno austral, no utilizó métricas α-ópicas calibradas y no incorporó marcadores fisiológicos directos, como melatonina salival.
Por tanto, los resultados no permiten establecer causalidad ni generalizar a toda la población adolescente. Aun así, aportan una evidencia útil: la rutina escolar modifica de forma clara la exposición luminosa diaria de los jóvenes.
En definitiva, si se quieren diseñar centros educativos más saludables, la luz debe entenderse como una infraestructura ambiental. No solo debe permitir ver bien y consumir menos energía. También debe ayudar a construir jornadas más alineadas con la biología humana: más luz útil durante el día, menos exposición inoportuna por la noche y una integración más inteligente entre arquitectura, iluminación y ritmos de vida reales.

Puede acceder al paper completo de la investigación a través del siguiente enlace;
https://www.mdpi.com/2624-5175/8/2/19
Portada: Imagen de recurso generada por IA que no pertenece a la investigación.

