La diabetes tipo 2 y otros trastornos metabólicos se han convertido en una de las grandes epidemias silenciosas del siglo XXI. Tradicionalmente, su origen se ha vinculado a factores bien conocidos como el sedentarismo, la dieta hipercalórica o el envejecimiento de la población. Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a ganar peso un determinante menos evidente pero potencialmente decisivo: la desalineación circadiana, es decir, el desacoplamiento entre nuestros relojes biológicos internos y las señales ambientales que los sincronizan. Un fenómeno que adquiere aún mayor importancia si se tiene en cuenta que pasamos cerca del 90 % de nuestro tiempo en espacios interiores, con una exposición cada vez más limitada a la luz natural.
Para investigar el papel específico de la luz natural en el metabolismo humano – y, en particular, en el control de la glucemia -, un equipo de investigadores de la Universidad de Ginebra (UNIGE), los Hospitales Universitarios de Ginebra (HUG), la Universidad de Maastricht y el Centro Alemán de Diabetes (DDZ) llevó a cabo un estudio controlado con trece voluntarios diagnosticados de diabetes tipo 2.
Durante los periodos de exposición a la luz del día, los participantes presentaron niveles de glucosa en sangre más estables y una mejora global de su perfil metabólico. Los resultados, publicados en la revista científica Cell Metabolism, constituyen la primera evidencia experimental del efecto beneficioso de la luz natural sobre la salud metabólica de las personas con diabetes tipo 2.

Ritmo circadiano, metabolismo y luz: una relación funcional
El organismo humano funciona bajo la coordinación de un sistema circadiano jerárquico. En su centro se encuentra el reloj maestro del cerebro, localizado en el núcleo supraquiasmático, que sincroniza relojes periféricos presentes en órganos metabólicamente activos como el hígado, el músculo esquelético o el tejido adiposo. Este sistema regula procesos tan diversos como la secreción hormonal, la sensibilidad a la insulina, el metabolismo de la glucosa y los lípidos o la función mitocondrial.
La luz es el principal sincronizador externo de este sistema. La alternancia natural entre el día y la noche permite al reloj central alinear los procesos fisiológicos con el entorno. Cuando esta señal se debilita o se distorsiona —por ejemplo, mediante una exposición insuficiente a la luz diurna o una iluminación artificial inadecuada— se produce una desalineación circadiana que puede tener consecuencias metabólicas profundas.
Tal como señalan los autores del estudio, esta desincronización se ha asociado en trabajos previos con un mayor riesgo de obesidad, resistencia a la insulina y diabetes tipo 2. No obstante, hasta ahora no se había demostrado de forma directa y controlada el papel específico de la luz natural sobre el metabolismo humano. La hipótesis de partida era clara: si la luz natural es más eficaz que la artificial para sincronizar el reloj biológico, su ausencia crónica podría contribuir al deterioro metabólico.

Un estudio cruzado que aísla el efecto de la luz natural
Para poner a prueba esta hipótesis, el equipo internacional diseñó un estudio experimental cruzado con un alto grado de control. Trece voluntarios de 65 años o más, todos con diagnóstico de diabetes tipo 2, pasaron dos periodos de 4,5 días en instalaciones especialmente acondicionadas de la Universidad de Maastricht. En una fase, los espacios estaban iluminados con luz natural a través de grandes ventanales; en la otra, únicamente con iluminación artificial.
La clave del diseño experimental fue que, salvo la fuente de luz, todas las variables de estilo de vida se mantuvieron estrictamente constantes: horarios y composición de las comidas, duración del sueño, actividad física, uso de pantallas y rutinas diarias. Además, entre ambas fases se estableció un periodo de ‘descanso’ de al menos cuatro semanas. De este modo, cada participante actuó como su propio control, reduciendo al mínimo la variabilidad individual.
Los resultados fueron llamativos incluso en este corto periodo de tiempo. Durante la exposición a luz natural, los participantes pasaron más horas al día con niveles de glucosa dentro del rango normal y mostraron una menor variabilidad glucémica, dos indicadores clave de un mejor control metabólico. A ello se sumaron otros efectos relevantes: un ligero aumento de los niveles de melatonina en la tarde-noche —señal de una mejor sincronización circadiana— y una mejora del metabolismo oxidativo de las grasas.
Para profundizar en los mecanismos implicados, los investigadores realizaron análisis moleculares a partir de muestras de sangre y músculo esquelético. Se estudiaron perfiles de lípidos, metabolitos y expresión génica, así como el funcionamiento de los relojes moleculares en células musculares cultivadas. El conjunto de los datos mostró una modulación coherente de genes relacionados tanto con el reloj biológico como con el metabolismo energético, lo que sugiere una mejor coordinación entre el reloj central del cerebro y los relojes periféricos de los tejidos.

De la evidencia experimental a la vida real
Aunque se trata del primer estudio cruzado y controlado que analiza de forma directa el impacto de la luz natural sobre la salud metabólica, la investigación se ha desarrollado con una muestra reducida y durante un periodo de tiempo limitado, centrado además en una población específica: personas mayores con diabetes tipo 2. Aun así, sus resultados constituyen la primera demostración experimental del efecto beneficioso de la exposición a la luz del día frente a la iluminación artificial, a la que la mayoría de la población permanece sometida durante gran parte de su jornada.
Conscientes de estas limitaciones, los propios autores subrayan la necesidad de trasladar ahora el análisis a contextos de vida cotidiana. “El siguiente paso será estudiar las interacciones entre la exposición a la luz natural y la salud metabólica en condiciones reales, equipando a los voluntarios con sensores de luz y sistemas continuos de monitorización de la glucosa durante varias semanas”, explica Jan-Frieder Harmsen, autor principal del trabajo, antiguo doctorando en el grupo de Joris Hoeks y actualmente investigador posdoctoral en la RWTH Aachen University, en Alemania.
El estudio deja además sobre la mesa una reflexión que va más allá del ámbito clínico: el papel, a menudo infravalorado, que desempeña la arquitectura y el diseño de los edificios en nuestra salud. La forma en que se conciben los espacios interiores, su acceso a la luz natural y la calidad de la iluminación artificial podrían convertirse, a la luz de estos hallazgos, en factores clave dentro de las estrategias de prevención y manejo de las enfermedades metabólicas.

Puede acceder al paper completo de la investigación a través del siguiente enlace:
http://dx.doi.org/10.1016/j.cmet.2025.11.006
| Imagen de portada generada por IA.
Resto: Freepik. Imágenes procedentes de bancos de recursos gráficos que no pertenecen a la investigación. |

