En los últimos años, la iluminación artificial ha dejado de ser un simple complemento en la producción animal para convertirse en una herramienta de precisión capaz de modular la fisiología, el comportamiento y la productividad de las especies domésticas. En el caso de las gallinas ponedoras, la duración, el espectro y la intensidad de la luz influyen directamente en la madurez sexual, la tasa de puesta, la conducta alimentaria y el bienestar general.
Sin embargo, un estudio reciente publicado por un grupo de investigadores asiáticos ha descubierto un efecto colateral inesperado de los sistemas de iluminación dinámica: un aumento exponencial de la concentración de polvo fino (PM10) en el interior de los gallineros comerciales.
El trabajo, titulado “A new factor of dynamic lighting schedule on dust production in commercial laying hen house” (2025), aporta una conclusión sorprendente: los cambios en la programación diaria de luz no solo alteran el ritmo circadiano de las aves, sino también la dinámica de partículas en suspensión. En concreto, una ampliación gradual de la duración diaria de luz puede multiplicar por más de 12 el nivel de polvo producido, con implicaciones directas sobre la salud animal, la seguridad alimentaria y la eficiencia de los sistemas de ventilación.

La otra cara de la iluminación artificial
El polvo, o material particulado (PM), es un contaminante atmosférico de enorme preocupación tanto en entornos urbanos como en instalaciones agropecuarias cerradas. En granjas de gallinas ponedoras, el PM se compone de fragmentos microscópicos de plumas, piel, excrementos secos, pienso y microorganismos. Estas partículas, especialmente las de tamaño inferior a 10 micras (PM10), pueden ser inhaladas por los animales y los trabajadores, provocando irritaciones respiratorias, infecciones y reducciones en la eficiencia productiva.
Aunque se sabía que la densidad de aves, la humedad, la ventilación, el tipo de suelo o la alimentación influían en la producción de polvo, la luz nunca había sido identificada como un factor directo. Hasta ahora, los estudios previos se habían centrado en cómo el fotoperiodo afecta a la reproducción, al crecimiento o al estrés de las aves, pero no a la generación de material particulado.
El nuevo estudio rompe ese paradigma al demostrar que las modificaciones dinámicas en la programación lumínica diaria alteran profundamente los patrones de actividad y movimiento de las gallinas, generando un ciclo (día-noche) de polvo estrechamente sincronizado con la luz.

El experimento: seis meses de luz, aire y partículas
El trabajo se desarrolló en una granja comercial de gallinas ponedoras con sistema de cintas de estiércol (manure belt house), un tipo de instalación moderna que permite la evacuación periódica de residuos para reducir amoníaco y olores. Durante seis meses consecutivos, los investigadores monitorizaron en tiempo real —con resolución de un minuto— las concentraciones de PM10, la tasa de ventilación, la programación de iluminación y la actividad animal.
Los sensores, ubicados en puntos estratégicos del recinto, registraban continuamente los cambios de luz y las respuestas comportamentales de las aves. En ese periodo, se contabilizaron 14 modificaciones distintas en los horarios de iluminación, principalmente relacionadas con los protocolos de muda forzada (forced molting), una práctica que consiste en reducir la luz y la alimentación para detener temporalmente la puesta y estimular una nueva fase productiva.
Las variaciones lumínicas se dieron tanto en sistemas de fotoperiodo único (por ejemplo, de 05:00 a 21:00) como en esquemas bifásicos, que incluían breves encendidos nocturnos (como de 00:00 a 01:00). En total, la duración diaria de iluminación osciló entre 10 y 24 horas, lo que permitió observar la respuesta del ecosistema interior en una amplia gama de condiciones.

Un hallazgo inesperado: el “pico de polvo” post-muda
Durante la fase posterior a la muda, cuando el fotoperiodo comenzó a alargarse progresivamente, los investigadores detectaron un fenómeno que hasta entonces no tenía explicación: una elevadísima producción de polvo, desproporcionada respecto a la ventilación o la densidad animal.
El análisis estadístico reveló un coeficiente de correlación de 0,802 entre la duración diaria de luz y la tasa de emisión de polvo, un valor extraordinariamente alto en estudios ambientales. En solo un mes, las emisiones diarias de PM10 se multiplicaron por 12,5 veces, sin que existieran cambios en temperatura, humedad o alimentación que pudieran justificarlo.
La única variable que coincidía temporalmente con ese incremento era el aumento gradual de las horas de luz. Cuanto más se prolongaba el periodo lumínico, más activas se mostraban las aves: caminaban, batían las alas, rascaban la cama, se acicalaban. En suma, cada incremento de luz generaba una respuesta motriz colectiva que elevaba mecánicamente las partículas depositadas en el suelo y las superficies.

Fuente de imagen de portada: Freepik. Imagen procedente de bancos de recursos gráficos que no pertenece a la investigación

