La iluminación en las unidades de cuidados intensivos suele diseñarse para responder a necesidades visuales y operativas del personal sanitario. Sin embargo, la luz también regula funciones biológicas esenciales, desde el sueño y la secreción hormonal hasta la respuesta inmunitaria y el metabolismo. En pacientes críticos, cuya estabilidad fisiológica ya está comprometida, esa dimensión biológica de la luz adquiere una relevancia especial.
Un nuevo estudio de investigación realizado en 34 UCI de nueve hospitales ha analizado precisamente esa dimensión biológica de la iluminación hospitalaria, midiendo qué luz reciben realmente los pacientes a nivel ocular en unidades neonatales, pediátricas y de adultos, bajo condiciones operativas reales.
Los resultados muestran un patrón claro: la iluminación en cuidados intensivos no se comporta como un sistema coherente de 24 horas, sino como una exposición muy variable que depende de la arquitectura, de la posición de la cama y de la forma en que se usan las luminarias durante la actividad asistencial. Más que un elemento neutro del entorno, la luz aparece así como una variable ambiental con implicaciones potenciales para la salud circadiana del paciente.

Midiendo la luz en las UCIs
El estudio, de carácter observacional y multicéntrico, analizó la exposición lumínica real a pie de cama en 34 unidades de cuidados intensivos —neonatales, pediátricas y de adultos— pertenecientes a nueve hospitales universitarios de Ankara, Estambul, Adana y Konya, evaluando 130 posiciones de paciente.
Las mediciones se realizaron a la altura de los ojos del paciente en posición supina, durante tres franjas horarias representativas de la actividad clínica (10:00–12:00, 14:00–17:00 y 18:00–22:00), y en distintos meses del año (febrero, abril, julio, octubre y noviembre). En cada cama se registraron condiciones con luminarias generales apagadas y encendidas —cuando existía aporte de luz natural— para analizar la interacción entre la luz natural e iluminación artificial.
Además, las camas se clasificaron según su proximidad a las ventanas, con el fin de evaluar el impacto del diseño arquitectónico en la exposición lumínica. El análisis se centró en iluminancia (lux) y temperatura de color correlacionada (CCT), medidas con espectrofotómetros portátiles calibrados. Todo el trabajo se desarrolló sin alterar sistemas de iluminación ni rutinas asistenciales, con el objetivo de reflejar la luz ambiental real que reciben los pacientes en la práctica clínica cotidiana.

Resultados: una exposición muy desigual y, a menudo, insuficiente durante el día
Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo es que la señal luminosa diurna que reciben muchos pacientes en UCI resulta débil y poco consistente. En numerosas camas, la iluminancia registrada por la mañana o por la tarde se situó por debajo de los niveles que suelen considerarse mínimamente útiles para generar una referencia diurna clara desde el punto de vista biológico. Además, en la mayoría de los casos tampoco se alcanzaban los 500 lux que la norma EN 12464-1 toma como referencia para tareas visuales a pie de cama.

Lo importante no es solo que los niveles fueran bajos, sino que la diferencia entre mañana y tarde tampoco aparecía de forma robusta. Es decir, la progresión natural del día no siempre se trasladaba al entorno inmediato del paciente. En algunos casos, la tarde ofrecía una iluminancia parecida o incluso inferior a la de la mañana, algo que evidencia que la mera presencia de luz natural en el edificio no garantiza una señal temporal útil a nivel biológico.
El estudio también deja claro que la exposición lumínica no es homogénea dentro de una misma UCI. La proximidad a las ventanas marca diferencias significativas. Las camas cercanas a fachada suelen recibir más luz, mientras que las situadas en zonas interiores de la sala permanecen en condiciones mucho más atenuadas durante buena parte del día. Esa desigualdad convierte la ubicación física de la cama en un factor ambiental con efectos potencialmente relevantes. En otras palabras, dos pacientes ingresados en la misma unidad pueden estar recibiendo señales diurnas muy distintas a la misma hora.

La iluminación artificial no siempre corrige el problema y a veces distorsiona la señal temporal
Encender las luminarias generales de techo incrementaba la iluminancia en muchos casos, pero ese refuerzo no resolvía de forma sistemática las carencias observadas. En una parte importante de las mediciones, la luz artificial seguía sin proporcionar una exposición suficientemente intensa como para construir una señal diurna clara y, además, no corregía de manera consistente las diferencias entre camas próximas y alejadas de las ventanas.
A esto se suma un aspecto especialmente interesante del estudio: la iluminación artificial no solo modifica la cantidad de luz, sino también su composición espectral. La temperatura de color correlacionada mostró variaciones muy marcadas según la posición de la cama y el encendido de las luminarias. Cerca de las ventanas, la activación de la luz artificial tendía en muchos casos a reducir la CCT, desplazando el ambiente hacia tonalidades menos alineadas con la progresión natural del día. En las camas más interiores, en cambio, esa misma acción podía elevar la CCT y generar una luz más neutra o fría.
Este comportamiento implica que la iluminación eléctrica puede alterar el significado temporal de la luz que recibe el paciente. En lugar de acompañar la evolución del día, puede aplanarla o incluso desplazarla hacia una señal más propia de otro momento horario. El trabajo identifica así una especie de regresión temporal espectral: el reloj marca una hora, pero la luz que recibe el paciente puede sugerir otra. Para un sistema circadiano ya comprometido por la enfermedad grave, esa ambigüedad no es un detalle menor.

La noche en la UCI tampoco es verdaderamente oscura
Otro de los mensajes de fondo del estudio es que las UCI no ofrecen, en términos generales, una noche biológicamente clara. Aunque al apagar las luminarias principales la iluminancia desciende, eso no significa que el entorno quede realmente oscuro desde el punto de vista circadiano. Persisten aportaciones procedentes de pasillos, puestos de control, equipos médicos, pantallas y otras fuentes ambientales que mantienen una exposición residual.
Además, cuando se activan las luminarias durante la noche para tareas asistenciales, se producen aumentos bruscos de iluminancia y, en algunos casos, también cambios espectrales hacia temperaturas de color más frías. Esa combinación puede fragmentar aún más el descanso y debilitar la diferencia entre día y noche, que es precisamente una de las claves para sostener la organización circadiana.
El problema adquiere una dimensión todavía mayor cuando se comparan distintos tipos de UCI. El estudio muestra que los patrones lumínicos no afectan igual a neonatos, niños y adultos. En unidades neonatales, por ejemplo, se registraron dispersiones espectrales muy amplias incluso con niveles bajos de iluminación, algo relevante en una etapa del desarrollo en la que el sistema circadiano y neuroendocrino todavía está madurando. En pediatría, la alteración ambiental puede afectar al sueño y favorecer cuadros como el delirium. En adultos críticos, una señal temporal débil o inconsistente puede contribuir a empeorar la desorganización fisiológica propia de la enfermedad.

Diseñar la luz de la UCI como una exposición clínica
La principal aportación del trabajo es que obliga a dejar de entender la iluminación de la UCI como una infraestructura neutra. La luz aparece aquí como una exposición ambiental diseñada de forma incompleta, gobernada por la arquitectura, por las rutinas operativas y por sistemas eléctricos pensados ante todo para resolver necesidades visuales inmediatas. El resultado es una señal temporal irregular, desigual entre camas y muchas veces poco alineada con las necesidades biológicas del paciente.
Frente a ello, los autores plantean la necesidad de una estrategia por capas. Durante el día, el objetivo debería ser asegurar una señal luminosa suficiente, estable y bien distribuida, idealmente apoyada en la luz natural pero sin depender exclusivamente de ella. Durante la noche, la prioridad debería ser reducir la activación circadiana, limitando la iluminación ambiental y separando claramente la luz destinada al descanso del paciente de la luz puntual necesaria para procedimientos clínicos. Eso implica recurrir a luminarias localizadas para tareas asistenciales, en lugar de inundar la habitación completa con luz general cada vez que se requiere una intervención.
También exige incorporar criterios de diseño más finos desde la arquitectura y la ingeniería hospitalaria: orientación de camas, acceso real a luz natural, control del deslumbramiento sin anular el gradiente diurno, selección espectral de luminarias, calidad de la regulación y adaptación a poblaciones con distinta vulnerabilidad biológica. La cuestión ya no es solo cuánto ilumina una UCI, sino qué señal temporal entrega realmente al paciente y si esa señal acompaña o contradice su recuperación.
En ese sentido, el estudio sitúa la iluminación en un terreno más próximo al de otras variables clínicas ambientales, como el ruido, la temperatura o la calidad del aire. No basta con que el sistema funcione técnicamente; debe hacerlo de una forma compatible con la fisiología del paciente. Y eso abre un campo de trabajo claro para convertir la luz de la UCI en un componente deliberado del cuidado, y no en un efecto colateral del funcionamiento asistencial.

Puede acceder al paper completo de la investigación a través del siguiente enlace:
https://www.mdpi.com/2075-5309/16/5/896
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Fuente de imágenes: Freepik-ChatGpt*. *Imágenes procedentes de bancos de recursos gráficos o generadas por IA que no pertenecen a la investigación. |

