La forma en que la luz se distribuye en una habitación puede influir tanto en el bienestar como en el rendimiento cognitivo de las personas mayores. No basta, por tanto, con determinar el nivel de iluminancia o elegir una temperatura de color: también importa si la luz se concentra en el centro, alcanza las zonas periféricas, se reparte de forma uniforme o combina componentes directos e indirectos.
Una investigación realizada con 32 residentes de un centro de vida asistida analizó conjuntamente dos variables poco estudiadas: el patrón espacial de iluminación y la temperatura de color correlacionada. Para ello, los investigadores reprodujeron una sala comunitaria mediante realidad virtual y crearon cuatro escenarios con la misma iluminancia media, pero con diferentes distribuciones espaciales y temperaturas de color.
Los resultados muestran que la iluminación no uniforme, periférica y directa-indirecta fue percibida como más agradable, confortable y menos estresante. Además, bajo esta configuración los participantes cometieron menos errores en una prueba de atención y flexibilidad cognitiva. Por su parte, la luz de 5.000 K mejoró la velocidad y la precisión, aunque también elevó la excitación y el estrés percibido.
El trabajo plantea así una conclusión que podría ser relevante para residencias, centros de día y espacios asistenciales: las condiciones que favorecen el rendimiento inmediato no son necesariamente las mismas que generan mayor bienestar perceptivo.

Envejecimiento y percepción del entorno luminoso
El envejecimiento modifica de forma progresiva la relación de las personas con el entorno luminoso. La reducción del diámetro pupilar, el amarilleamiento del cristalino, la pérdida de sensibilidad de los fotorreceptores y los cambios en la respuesta circadiana disminuyen la cantidad de luz que llega a la retina y dificultan la percepción del contraste.
Estas transformaciones hacen que las personas mayores sean más sensibles al deslumbramiento, a las zonas oscuras y a las transiciones bruscas de luminancia. También aumentan la importancia de la iluminación para mantener la orientación, la seguridad y la capacidad de realizar tareas visuales.
La literatura científica ha estudiado ampliamente la influencia de la intensidad y el momento de exposición. Los niveles insuficientes de luz durante el día se han relacionado con menor alerta, alteraciones del sueño, peor estado de ánimo y deterioro del rendimiento. También se ha observado que mayores iluminancias y temperaturas de color elevadas pueden mejorar la claridad visual y la activación.
Sin embargo, los resultados relativos a la temperatura de color no siempre son concluyentes. Algunos estudios asocian las tonalidades frías con una mayor atención y rapidez de respuesta, mientras que otros señalan que la luz cálida genera más confort y menor ansiedad. En personas mayores, estas diferencias pueden depender de la intensidad, la duración de la exposición, el estado de salud y el momento del día.

La distribución espacial de la luz ha recibido todavía menos atención. Investigaciones previas indican que la iluminación uniforme y central suele asociarse con claridad y actividad, mientras que las configuraciones periféricas y no uniformes pueden favorecer la relajación, la diferenciación espacial y el interés visual. También se ha sugerido que la combinación de luz directa e indirecta puede reducir el deslumbramiento y mejorar el confort de las personas con menor sensibilidad al contraste.
El problema es que conceptos como “uniforme” o “no uniforme” suelen emplearse de forma cualitativa. Para superar esta limitación, el estudio definió el patrón espacial mediante tres variables medibles: uniformidad, centralidad y direccionalidad.
La hipótesis de partida era que tanto la distribución espacial como la temperatura de color afectarían a la percepción y al desempeño cognitivo. Los investigadores también plantearon que la experiencia perceptiva —agrado, confort, estrés o confusión— podía actuar como un vínculo entre las características físicas de la luz y el rendimiento.
El trabajo perseguía tres objetivos: comprobar si la realidad virtual podía reproducir las respuestas obtenidas en un espacio real; determinar cómo influye el patrón espacial en la percepción y la cognición; y analizar el efecto de una iluminación cálida o fría bajo diferentes configuraciones espaciales.
Una sala real convertida en laboratorio virtual
La investigación contó con 32 participantes, 17 mujeres y 15 hombres, de entre 62 y 84 años. Todos residían en una comunidad de vida asistida del noroeste de Estados Unidos y superaron previamente pruebas de salud, visión y capacidad cognitiva.
El experimento se desarrolló en dos fases. En la primera se compararon las respuestas de los participantes en una sala comunitaria real y en una réplica virtual calibrada fotométricamente.
La sala física tenía unas dimensiones aproximadas de 6,7 por 13 metros, con una altura variable y paredes amarillas. Su iluminación procedía de luminarias fluorescentes de techo y empotradas, que proporcionaban una iluminancia horizontal media cercana a 253 lux y una temperatura de color de unos 3.000 K.
Para reproducir el espacio se utilizaron fotografías de alto rango dinámico, mediciones de luminancia, un espectrómetro, un luxómetro y procedimientos de calibración cromática. Las imágenes se integraron posteriormente en Unreal Engine y se mostraron mediante un visor Oculus Rift S.
Los resultados de esta primera fase mostraron valoraciones similares de agrado y confort en el entorno físico y en el virtual. Tampoco se encontraron diferencias estadísticamente significativas en el tiempo de ejecución ni en los errores de la prueba cognitiva. Esto permitió utilizar la realidad virtual como plataforma para la segunda parte del estudio.

En esta segunda fase se generó un modelo tridimensional completo de la sala. Los investigadores crearon dos patrones espaciales:
- Una iluminación uniforme, central y directa.
- Una iluminación no uniforme, periférica y directa-indirecta.
Cada patrón se combinó con dos temperaturas de color, 2.700 K y 5.000 K, dando lugar a cuatro escenarios. En todos ellos se mantuvo una iluminancia media aproximada de 300 lux, de manera que las diferencias no pudieran atribuirse a una mayor cantidad global de luz.
La distribución se cuantificó mediante una cuadrícula de 25 puntos. La uniformidad se calculó comparando la iluminancia mínima y media; la centralidad, mediante la relación entre el centro y la periferia; y la direccionalidad, a partir del equilibrio entre los componentes directos y difusos.
El rendimiento cognitivo se evaluó con una versión tridimensional del Trail Making Test. Los participantes debían localizar diferentes objetivos y seleccionarlos alternando números y letras según una secuencia: 1-A-2-B-3-C.
Esta prueba mide atención visual, velocidad de procesamiento, flexibilidad cognitiva y control ejecutivo. El sistema registró automáticamente el tiempo empleado y los errores. Después de cada condición, los participantes puntuaron el agrado, el confort, la excitación, el estrés y la confusión percibidos.

Tres objetivos, tres resultados
Los resultados respondieron de forma diferenciada a los tres objetivos planteados. La investigación confirmó, en primer lugar, la utilidad de la realidad virtual para estudiar los efectos visuales y cognitivos de distintos escenarios de iluminación. También mostró que el patrón espacial influye especialmente en el confort y en la precisión, mientras que la temperatura de color afecta a la velocidad, la activación y el número de errores.
La realidad virtual reproduce el rendimiento del entorno real
Las valoraciones de agrado y confort fueron similares en la sala física y en su réplica inmersiva. Tampoco se encontraron diferencias estadísticamente significativas en el tiempo necesario para completar la prueba cognitiva ni en el número de errores.
El rendimiento registrado en ambos entornos mantuvo, además, una relación significativa con las puntuaciones generales de capacidad cognitiva de los participantes, lo que refuerza la validez del procedimiento experimental.
La realidad virtual sí generó mayores niveles de excitación, estrés y confusión. Los investigadores atribuyen estas respuestas a la novedad del visor, a la sensación de inmersión y al esfuerzo adicional asociado al uso de los controladores. Sin embargo, este aumento de la activación no deterioró significativamente el rendimiento.
Los resultados respaldan así el uso de entornos inmersivos para comparar configuraciones de iluminación de manera controlada, aunque no reproduzcan completamente la experiencia física ni la exposición espectral de una instalación real.

La distribución periférica mejora el confort y reduce los errores
El segundo objetivo era determinar cómo influye el patrón espacial. Para ello se compararon las dos configuraciones manteniendo una iluminancia media similar, de modo que las diferencias no pudieran atribuirse a una mayor cantidad global de luz.
La solución no uniforme, periférica y directa-indirecta obtuvo mejores valoraciones de agrado y confort. También fue percibida como menos estresante y menos confusa que la iluminación uniforme y concentrada en el centro de la sala.
El efecto se extendió al rendimiento cognitivo. Bajo esta distribución, los participantes cometieron significativamente menos errores en la prueba de atención y flexibilidad cognitiva, con un valor de p = 0,027. Sin embargo, no completaron la tarea de forma significativamente más rápida.
El patrón espacial parece influir, por tanto, más en la precisión que en la velocidad de procesamiento. Una mayor variación de luminancias y una presencia más clara de luz en las superficies periféricas pueden facilitar la diferenciación visual, la lectura de los límites de la estancia y el control de la atención.
La reducción simultánea de la confusión percibida y del número de errores refuerza la posible relación entre la claridad del entorno y el desempeño cognitivo.
Los resultados también muestran que una distribución no uniforme no debe asociarse con una iluminación deficiente o arbitraria. La solución mejor valorada mantenía la iluminancia prevista y estaba definida mediante parámetros cuantificables. Su ventaja procedía de una organización más estratificada, con mayor presencia de luz en la periferia y un equilibrio entre los componentes directos e indirectos.

La luz fría mejora el rendimiento, pero aumenta el estrés
El tercer objetivo se centró en el efecto de la temperatura de color. Los escenarios de 2.700 K y 5.000 K generaron respuestas claramente distintas.
La iluminación cálida fue percibida como más agradable y menos estresante, mientras que la luz fría produjo una mayor sensación de excitación y redujo la confusión.
Desde el punto de vista cognitivo, la condición de 5.000 K mejoró tanto la velocidad como la precisión. Los participantes completaron la prueba en menos tiempo, con una diferencia significativa de p = 0,044, y cometieron menos errores, con p = 0,011, respecto a la iluminación de 2.700 K.
La mayor temperatura de color favoreció así la activación y el rendimiento inmediato, pero también elevó el estrés declarado. La luz cálida produjo una experiencia emocionalmente más confortable, aunque no alcanzó los mismos resultados en la ejecución de la tarea.
Este contraste constituye uno de los principales hallazgos de la investigación. Las condiciones que permiten trabajar con mayor rapidez y precisión no son necesariamente las que favorecen una estancia más relajada. La elección de la temperatura de color debería depender, por tanto, de la actividad desarrollada y del tiempo de permanencia.
Una apariencia más fría podría resultar útil durante ejercicios cognitivos, terapias o actividades que requieren atención, mientras que una iluminación cálida sería más apropiada para zonas de descanso, convivencia o uso prolongado.
El análisis no encontró una interacción estadísticamente significativa entre el patrón espacial y la temperatura de color. Ambas variables actuaron de forma esencialmente independiente: la distribución condicionó sobre todo el confort y el número de errores, mientras que la temperatura de color influyó en la activación, la velocidad y la precisión.

Limitaciones e implicaciones para el diseño de espacios para mayores
Los resultados deben interpretarse con cautela. La realidad virtual permitió controlar con precisión las condiciones de ensayo, pero el visor no reproduce fielmente el espectro de una luminaria real ni toda la información luminosa periférica.
Por ello, las diferencias entre 2.700 K y 5.000 K reflejan principalmente una apariencia más cálida o fría y no permiten extraer conclusiones sobre efectos circadianos, melanópicos o fisiológicos a largo plazo.
La investigación se realizó, además, con una muestra reducida, en un único centro y sin presencia de luz natural. Los colores cálidos de la sala también pudieron influir en la percepción de los escenarios, especialmente en la condición de 2.700 K.
Futuros estudios deberán utilizar luminarias reales, muestras más amplias, distintos espacios, acabados interiores neutros y exposiciones más prolongadas. También será necesario incorporar medidas fisiológicas y conductuales que permitan conocer mejor los mecanismos implicados.

Pese a estas limitaciones, el estudio aporta indicaciones relevantes para el diseño de residencias, centros de día y espacios asistenciales. Sus resultados sugieren que la iluminación no debería basarse únicamente en alcanzar un determinado nivel de iluminancia, sino también en controlar cómo se reparte la luz y qué apariencia cromática presenta.
Las salas de estar, comedores y zonas de convivencia podrían beneficiarse de una iluminación por capas, con mayor presencia en paredes, techos y áreas periféricas. Este planteamiento puede favorecer la lectura del espacio, limitar los contrastes excesivos y reducir la monotonía visual.
Las temperaturas de color más elevadas podrían utilizarse de manera puntual en salas de terapia, talleres o áreas destinadas a tareas que requieren atención y rapidez de respuesta. Su aplicación debería controlarse, ya que la mejora del rendimiento observada con 5.000 K estuvo acompañada de una mayor activación y estrés.
Estas conclusiones respaldan el uso de sistemas regulables, tecnologías tunable white y escenas adaptadas a cada actividad. Una misma estancia podría ofrecer una iluminación más cálida y envolvente durante los periodos de descanso o convivencia, y otra más orientada a la tarea durante ejercicios cognitivos o actividades terapéuticas.
El estudio también plantea la conveniencia de que las futuras recomendaciones para espacios destinados a personas mayores incorporen, junto a la iluminancia y el control del deslumbramiento, parámetros relacionados con la uniformidad, la centralidad y la direccionalidad. El objetivo no sería establecer una única solución óptima, sino desarrollar sistemas flexibles capaces de adaptar la distribución y la temperatura de color a las necesidades visuales, perceptivas y cognitivas de cada actividad.

Puede acceder al paper completo de la investigación a través del siguiente enlace:
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0360132326003057
Portada: Imagen de recurso generada por IA que no pertenece a la investigación

