En casi todas las ciudades europeas se repite la misma escena: a pocos minutos a pie de los bloques de viviendas, comienzan pequeñas masas arboladas que funcionan como bosques urbanos. Son espacios de paseo, de correr, de sacar al perro, de desconectar tras la jornada laboral. Pero durante buena parte del año, sobre todo en latitudes altas, estos entornos caen en la oscuridad horas antes de que termine el día “social” de la ciudad. Y ahí aparece el dilema: ¿hay que iluminarlos para hacerlos accesibles y seguros o conviene mantenerlos oscuros para proteger la biodiversidad y la experiencia de naturaleza?
Un estudio reciente realizado en Suecia, en un bosque urbano de la ciudad de Uppsala, entra de lleno en esta pregunta desde un enfoque poco habitual: no se limita a medir lux o uniformidades, sino que examina cómo cambia la experiencia de caminar por un sendero forestal cuando lo hacemos de día y cuando lo hacemos de noche bajo alumbrado eléctrico.

El punto de partida no es menor. Los bosques urbanos son hoy uno de los escenarios clave para la salud pública: facilitan actividad física, disminuyen el estrés, ofrecen oportunidades de restauración psicológica y refuerzan el vínculo emocional con el lugar. En Suecia, el 80 % de la población camina al menos una vez al año por un bosque y el 30 % lo hace más de 20 veces; casi la mitad de las actividades recreativas al aire libre se desarrollan precisamente en este tipo de espacios. Al mismo tiempo, la nueva legislación europea —como la Nature Restoration Law de 2024 (punto 49)— introduce la obligación de reducir la contaminación lumínica para proteger la biodiversidad y mejorar la percepción humana del entorno nocturno.
Sobre este telón de fondo, la pregunta que plantea el estudio es realmente interesante: ¿en qué se diferencia, de verdad, la experiencia de un paseo por un bosque urbano cuando lo hacemos con luz de día y cuando lo hacemos por la noche bajo luminarias LED? ¿Hasta qué punto la iluminación artificial mantiene, deteriora o transforma las cualidades restaurativas, la sensación de seguridad y la voluntad de volver a usar ese espacio?
Un experimento a escala real en un bosque sueco
Para intentar responder a estas cuestiones, el equipo investigador diseñó un estudio de campo en un entorno real, no en un laboratorio ni mediante simulaciones. El escenario escogido fue un bosque urbano en el barrio de Sävja, un área residencial de unos 10.000 habitantes situada a seis kilómetros del centro de Uppsala. Se trata de un bosque mixto de coníferas y frondosas —pinos, abetos, abedules— con un sotobosque típico de la región, dominado por arándanos y brezos, y con una franja relativamente despejada de unos 25 metros a cada lado del camino por motivos de seguridad.

El recorrido elegido fue un camino de grava de unos 3 metros de anchura y 270 metros de longitud. A lo largo de toda la senda, el municipio había instalado columnas de 4,5 metros con luminarias LED de 18 W, 2100 lúmenes y 3000 K de temperatura de color. Las columnas se disponen cada 28–32 metros en un solo lado del camino. Las mediciones de iluminación en condiciones de oscuridad invernal mostraban un promedio de 12 lux en el plano del camino, con una uniformidad baja, en torno a 0,07: zonas claramente iluminadas alternando con áreas mucho más oscuras.


En total participaron 48 personas, residentes en el área, de entre 28 y 82 años (edad media 51). Se dividieron en dos grupos: 23 realizaron el paseo en condiciones de luz diurna; 25 lo hicieron en plena oscuridad, con el único aporte de las luminarias del camino. Las caminatas se organizaron en diferentes horarios (mañana, primera hora de la tarde y primeras horas de la noche) y siempre sin nieve en el suelo para evitar que la alta reflectancia de la nieve alterase radicalmente la experiencia lumínica.
El protocolo era siempre el mismo. Los participantes se encontraban con el equipo investigador en un edificio público cercano, recibían información y completaban una primera parte del cuestionario. Después se dirigían al inicio del recorrido, donde respondían una segunda batería de preguntas antes de comenzar a caminar. El trayecto se hacía de manera individual, sin interactuar con otras personas, para no “contaminar” la percepción del entorno con conversaciones o sensaciones de grupo. Al final del sendero, junto a una señal que indicaba el final de la ruta, completaban otra parte del cuestionario. Finalmente, de regreso al punto de inicio, se realizaba una breve reflexión verbal en grupo, grabada y posteriormente transcrita y analizada.
Las herramientas de evaluación combinaban escalas estandarizadas de la psicología ambiental con preguntas específicas sobre iluminación. Las dimensiones analizadas incluían accesibilidad visual (capacidad percibida para orientarse, detectar obstáculos y ver a otras personas), prospecto y posibilidades de escape (hasta qué punto el entorno ofrecía visión de conjunto y rutas claras para salir ante una situación de riesgo), seguridad percibida, calidad de la iluminación (con especial atención al confort visual y el deslumbramiento), potencial restaurativo del entorno y, por último, la intención declarada de elegir o evitar un camino similar en el futuro. Además, se recogieron variables individuales como la edad, el género, la orientación de valores y el grado de conexión auto-percibida con la naturaleza.

Más allá de los números, las reflexiones grabadas aportaron matices cualitativos muy ricos. En ellas, los participantes comentaban cómo habían sentido el camino, qué les transmitía el bosque de noche, si consideraban suficiente o excesiva la iluminación, cómo percibían la flora y la fauna en cada condición, y hasta qué punto se sentían cómodos o expuestos.
Cuando cae la noche: seguridad, restauración y el efecto “túnel de luz”
Los resultados cuantitativos son claros: en casi todos los indicadores la experiencia del paseo se deteriora al pasar de la luz natural a la iluminación eléctrica, pero el bosque iluminado conserva de forma notable su capacidad restauradora y un alto nivel de seguridad percibida. La historia, sin embargo, es más matizada de lo que sugiere esta frase.
En primer lugar, como cabría esperar, la accesibilidad visual se valoró significativamente mejor durante el día. De día, los participantes perciben con facilidad la profundidad del bosque, los detalles del entorno, la textura del terreno y la presencia de otras personas o animales. De noche, bajo las luminarias LED, la percepción del espacio se contrae: el camino está visible, pero el entorno se vuelve más incierto. Muchos participantes describen esta sensación con una metáfora recurrente: un “túnel de luz”. Ven claramente el tramo de grava delante de ellos, pero el resto del bosque se percibe como un fondo oscuro donde apenas se distinguen formas.
Esta percepción se explica en parte por la baja uniformidad: una media razonable de 12 lux no impide que el contraste entre las zonas directamente alumbradas y el entorno no iluminado sea muy elevado. El resultado es una experiencia visual en la que el espacio se reduce al plano del camino, mientras que los laterales pierden legibilidad, lo que limita tanto la sensación de control del entorno como la capacidad de disfrutar de los elementos naturales.
Pese a ello, la seguridad percibida se mantiene en niveles muy altos en ambas condiciones, con valores medios por encima de 4 en una escala de 1 a 5. Esto es un dato especialmente relevante para el diseño del alumbrado: el descenso en accesibilidad visual en condiciones nocturnas no se traduce automáticamente en una caída drástica en la percepción de seguridad. La explicación parece estar en la propia morfología del lugar: el bosque en cuestión ofrece múltiples vías de escape, no presenta barreras físicas importantes y permite, incluso de noche, una cierta sensación de permeabilidad espacial. Es decir, los usuarios no sienten que el camino sea un “embudo” sin salida, como ocurre a menudo en espacios urbanos con altos niveles de ‘atrapamiento’.

Las reflexiones recogidas al final de las caminatas matizan este punto. Algunos participantes reconocen que el hecho de saber que se trataba de un estudio organizado, con otras personas en las inmediaciones, podía contribuir a sentirse más seguros que en un paseo completamente solitario. Otros subrayan que, al tratarse de un sendero habitual para correr o pasear al perro, el lugar les resultaba familiar y eso reforzaba su confianza. Aun así, la combinación de prospecto relativamente alto, naturaleza conocida y presencia de cierta actividad humana parece ser una clave para explicar la elevada percepción de seguridad con niveles de iluminación relativamente moderados.
La calidad de la iluminación, en cambio, sí recibió valoraciones mucho más críticas. Alrededor del 40 % de los participantes declaró haber sufrido deslumbramiento y varios describieron la luz como “dura” o “demasiado directa”. Estos comentarios indican que la instalación podría mejorarse para ajustarse mejor a las expectativas de los usuarios y reducir el estrés visual. Algunos participantes expresaron que preferirían una iluminación que les permitiera disfrutar mejor del entorno natural en la oscuridad, por ejemplo, viendo el cielo nocturno o distinguiendo con mayor claridad las zonas arboladas junto al sendero. Otros subrayaron la necesidad de tener en cuenta a la fauna y a los insectos, y reivindicaron niveles de iluminación más bajos en entornos naturales para minimizar el impacto sobre los ecosistemas.
El resultado quizás más interesante desde la perspectiva de la salud pública y la psicología ambiental es el relativo al potencial restaurativo del entorno. No sorprende que el bosque obtenga puntuaciones muy altas en este indicador durante el día, en línea con la abundante literatura que considera los entornos forestales como especialmente favorables para la recuperación psicológica. Lo llamativo es que, incluso bajo iluminación artificial, el potencial restaurativo percibido sigue siendo muy alto, con valores medios por encima de 4 en la escala de 1 a 5.
Es decir: para los participantes, caminar por un bosque urbano iluminado sigue siendo una experiencia calmante, reparadora y deseable, claramente más vinculada al bienestar que un simple recorrido por una calle urbana ordinaria. De hecho, cuando se comparan estos resultados con estudios previos realizados en itinerarios peatonales urbanos convencionales, el bosque con luz artificial resulta, en promedio, más restaurador que muchos espacios urbanos en pleno día.
En cuanto a las intenciones de comportamiento, la voluntad de elegir en el futuro un sendero similar fue, como era de esperar, mayor en condiciones diurnas que bajo luz artificial. Sin embargo, la intención de evitar ese tipo de camino en el futuro fue, en ambos casos, más bien baja. La mayoría de los participantes se veía a sí misma repitiendo el paseo, también de noche. Aquí aparece un matiz de género significativo: las mujeres mostraron una mayor tendencia a declarar que evitarían el sendero en condiciones nocturnas, un resultado coherente con otros estudios que señalan que las mujeres tienden a modificar más sus recorridos o horarios de paseo en función de su percepción de seguridad después del anochecer.

Hacia un equilibrio entre luz, biodiversidad y experiencia humana
Desde el ámbito ecológico, el mensaje es claro: muchas especies dependen de la noche, y la contaminación lumínica está alterando ciclos vitales, migraciones y comportamientos. Pero, al mismo tiempo, las normativas obligan a mantener ciertos niveles mínimos de luz —en Suecia, por ejemplo, 5 lux de media en caminos peatonales— para garantizar que los espacios públicos sean seguros y accesibles.
El estudio apunta justamente a ese cruce de caminos. Los participantes confirmaron que la iluminación instalada proporcionaba suficiente visibilidad para caminar con comodidad, algo respaldado por las mediciones reales y las simulaciones lumínicas, que incluso mostraban niveles superiores a los exigidos por la normativa. Pero la solución no pasa por seguir aumentando la luz. Hacerlo solo incrementaría la contaminación lumínica, degradaría la sensación de estar realmente en un bosque y supondría un despilfarro energético.
Aquí es donde el debate cobra fuerza: ¿cómo diseñar una iluminación que permita disfrutar del bosque sin borrar la noche? Los investigadores apuntan a que la clave está en soluciones ambientalmente inteligentes, capaces de satisfacer las necesidades humanas sin arrasar con la ecología del lugar. La discusión no es exclusiva del norte europeo. En Grecia, por ejemplo, algunas áreas protegidas ya están probando estrategias híbridas: iluminación mínima en senderos principales, zonas completamente oscuras para la fauna y diseños que preservan la visión del cielo nocturno.
Los resultados de este estudio también ofrecen pistas valiosas para quienes planifican estos espacios. Si el objetivo es favorecer el bienestar y la restauración psicológica —uno de los grandes valores de los bosques urbanos—, la iluminación debe permitir una buena lectura del entorno, facilitar la interacción social y evitar el temido “túnel de luz” que tantos participantes describieron. Pequeños ajustes en la orientación, distribución y potencia pueden marcar la diferencia entre un sendero acogedor y un corredor visualmente agresivo.

Puede acceder al paper completo de la investigación a través del siguiente enlace:
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2666719325002389
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Fuente de imagen de portada: Freepik*. *Imágen procedente de bancos de recursos gráficos que no pertenece a la investigación |

